La Caída del Ángel

Esa chica era un ángel, así sin más. Pero la vida la golpeó tan fuerte que no dejó marca. La vida le tenía un plan. Simplemente la alzó, la hizo volar, le mostró el lado más encantador de los árboles, le regaló la visión más suave en sus ojos, le enseñó el perfume más adictivo de las flores y solo de guitarra más inexplicable, le dio el beso dulce de una madre… Y en el momento en que ella no conocía más que el encanto de vivir, cuando estaba bailando entre las nubes, con dolor, la vida la soltó al vacío. Caída libre. Ya nada sería lo mismo. – ¿Por qué? ¡¡¿Por qué?!! ¡Yo no quería esto! – gritaba, sabiendo el dolor pesado que la esperaba al llegar al suelo – Yo no pedí que me eleven, quizás este es el precio de tanta libertad, de haber llegado tan alto -. Posterior a minutos eternos de caída, se estrelló contra el cemento crudo de esa realidad que ignoraba, esparciendo sus millones de luces por toda la ciudad, esa ciudad frívola que esperaba ansiosa su caída, la caída de otro elemento listo para incorporar a esa red humana, para recolectar sus pedazos muertos y transformarla en una hembra más. Para reducir su cintura y con eso su orgullo, para eliminar sus estrías y con eso su naturaleza. Para entregarle con moño un par de tetas atadas a una eternidad de prejuicios y lujurias plastificadas con acoso y con un cuchillo oxidado hacerle en el pecho el corte más espeso y doloroso que se pueda hacer, introducir su manos untadas en lágrimas y, con las uñas llenas de semen, escarbar entre sus órganos buscando en el lugar más recóndito la pasión burbujeaste y rebelde que la hacía tan especial, tan mujer y ángel a la vez. Ella era hermosa hasta muriendo, como todo ángel caído del cielo, resplandeciendo entre los lamentos, con un amor en su rostro que, pese al dolor, generaba paz. ¿Y cómo no? Si ella había visto el respirar original, sin sistemas de formación, sin estereotipos ligados al consumo, sin necesidad de aprobación. Había visto la natura del ser humano y sentido la brisa pura del arte pasar por sus pies descalzos. Así se amaba. Pero su presente era desafortunado y al verse caída, atrofiada, tan frágil, presa fácil del humano enfermo, pensó con la sabiduría que la vida le había entregado: – He caído aquí, en este mundo injusto a punto de ser distorsionada salvajemente, creo que… por algo debe ser, por algo pasan las cosas. Aquí la gente está sufriendo, mi dolor tiene que tener un objetivo, un fin. Estoy segura que tiene un fin -. En ese instante escuchó gritos vagos a lo lejos que se volvían mas nítidos en cada repetición… – ¡Otra mujer caída, señores, otra mujer caída! – ¡Qué bueno! Ya estábamos necesitando nuevas hembras -. El dulce ángel comenzó a aterrare al ver a lo lejos personas de traje que corrían hacia ella, ambiciosas de tenerla.  Miró su alas por última vez, se despidió de sí misma y con la sangre que goteaba de su cuerpo escribió en el asfalto: “Sos arte, sos lucha, sos naturaleza, sos mujer“. Cerró los ojos y se entregó a su triste destino. Varios hombres de traje y mujeres semi-desnudas con ropa interior de petróleo se acercaron y pusieron manos a la obra sobre ella, manipulando su cuerpo cual cosa, adaptándola a sus gustos y placeres. El período de transformación duró tres días. Primero, antes que cualquier cosa, arrancaron sus alas como bestias con hambre. La redujeron, le colocaron unos labios gruesos y unos ojos chinos, piernas largas depiladas. Le achicaron los pies y le eliminaron esos lunares que tenía en el rostro. Le torcieron un diente y, haciéndole más angosta la cintura, le ensancharon las caderas. En su cerebro colocaron revistas de moda y una que otra falsa imperfección. El trabajo había sido todo un éxito, habían sumado otra hembra al ganado. Dado por listo el proceso, dejaron su cuerpo en el mismo lugar donde había caído. Ahí, tirada, junto a su sangre, esperando que ella sola despierte. No pasó una hora que abrió los ojos y contempló el sol llorando, pero no pudo sacar ninguna conclusión a semejante llanto. No recordaba nada, solo sabía que tenía que ir a su casa, donde su mamá la estaba esperando con los platos sucios listos para ser lavados. Sabía que estaba descalza y eso la avergonzaba. Sabía que tenía que ir al gimnasio a las seis de la tarde y acostarse temprano a dormir. Realmente no entendía porqué, pero definitivamente era lo que tenía que hacer.

Se levantó, mareada, sin su alas, sintiendo la ausencia de algo. Lista para emprender el viaje a casa, hizo dos pasos y en sus pies notó algo líquido: era sangre, sangre de verdad. Se asombró, pero no se asustó, sentía en su corazón que esa sangre era sana, era buena. Achinó aún más sus ojos chinos y vio que algo estaba escrito sobre ella. Se arrodillo y leyó: “Sos arte, sos lucha, sos naturaleza, sos mujer” decía… Ella seguía sin recordar nada, pero lo amó. No lo suficiente para amarse a sí misma, pues los hombres de traje y las mujeres semi-desnudas habían sido muy intensos a la hora de crear inseguridades, pero sí lo suficiente para sentir ese ardor en el pecho sólo los ángeles sienten Ese cosquilleo de pasión haciéndose notar, susurrando – No me olvides -. Ese vacío al ver su cara limpia, diciendo que con un par de lunares sería más bella. Miró esa frase, luego sus manos y esbozando una sonrisa pensó – Por algo estoy acá -.


Este texto se publicó originalmente en la revista Ósmosis n° 1 en Enero del año 2017. Podés leer la revista completa Aquí.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s