El Cuento del Viejo

Entre el estupor del sol filtrándose por la ventana y quemándole los ojos y la resaca que le fundía la cabeza, no encontraba un punto fijo para empezar a hilvanar sus recuerdos. Al menos reconstruir algo de lo que fue anoche.
Todavía no había pensado en nada cuando se dirigió al baño. En su cabeza todavía retumbaba una canción. Se lavó la cara y orinó. Cuando corrió la cortina para duchares, un amigo durmiendo en la bañera; ¿por qué molestarlo por una ducha?
Abrió la heladera y adentro encontró su mochila, la sacó, sacó fernet, sacó coca. Agarró un jarrito de metal y también hielo. También sacó un tomate y un queso. Ese fue su desayuno. Miró el reloj y notó que olvidó la hora inmediatamente después de verla. Preparó otra jarra de fernet y salió al patio.
En el patio estaba unos amigos todavía despiertos. Les pidió un cigarrillo y un pase, de paso. Hora de volver a casa. Se sintió revivir y los recuerdos como que le volvían.
Del camino a casa lo único que le llamó la atención fue la mirada absorta del chófer de bondi. Como que quería atravesar el parabrisas y luego hacer explotar un auto con la mente.
Lo primero que hizo al llegar a casa fue saludar a Mamá. Ella le preguntó cómo la había pasado. Bien, contestó. Se cambió de ropa. Se bañó también. Comió. Y se le hicieron la una de la tarde del domingo. A las dos ya tenía que estar en el trabajo. Un beso para Mamá y se fue caminando. Pensaba en lo bien que ganaba haciendo changas, en que aún era menor de edad, en que a la noche se tenía que ver con su novia. De pronto estaba pintando unas rejas.
Así era su vida. Así le gustaba. Así le salía todo bien. Y así la recordaba siendo un viejo totémico y monumental de 128 años, sentado en una silla de ruedas que rea como un trono. Una de sus hijas le habló. Decíte unas palabras, es tu cumple, viejito.
El viejo sirvió vino, como indiferente al pedido de la hija. Con voz rasposa pero perfectamente audible, habló ante el respetuoso silencio de familia y amigos, que sumados daban más de cuatrocientas personas en el salón.
Antes que nada, gracias por venir, gracias. Puedo dar fe de que he vivido mucho. Confundí el amor con muchas mujeres y lo encontré con la ideal y la ideal fue mi esposa durante más de medio siglo. Pasé por dos guerras y tuve el valor de nunca matar a un hombre, la suerte de no haber sido herido y la desgracia de ver morir a mis amigos. Tuve hijos, nietos, bisnietos, padres y abuelos. Escuché cientos de canciones y conocí muchas culturas. Viví en la pobreza y en la riqueza y terminé optando por sólo vivir. Hasta recién estuve recordando mi adolescencia. Ahora quier brindar por mis recuerdos y por ustedes.
Y el viejo adolescente brindó. Y a los ojos como esmeralda de su hija les dijo que era el hombre más feliz del mundo. Y soltó su copa. Y bajó si mirada. Y ahí sentado en esa silla, con los ojos cerrados y una sonrisa oculta entre las arrugas de su rostro, al viejo, la nostalgia, aquella que de años ya le venía picando el corazón con un escozor especial, al viejo, la nostalgia le pasó factura.


Este texto se publicó originalmente en la revista Ósmosis n° 0 en Julio del año 2016. Podés leer la revista completa Aquí.

 

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