Historias cortas, de andenes largos

Una olla llamada el cartucho – (localidad de Los Mártires)

Por ViBi García.

Domingo primero de junio, 11:50 pm, noche de vientos cálidos.

Resulta que yo me encontraba en la calle décima con octava en el parque tercer milenio esperando a Edwin, que me había llamado unos 40 minutos antes con una voz rara, como si algo malo pasara, seguro no salió el negocio, ¡mierda! y ahora qué le decimos al jefe (pensaba).

Buscando en los bolsillos me encontré una moneda de 500 pesos con la que me compré un piel Roja1 para matar la espera. Después de un rato largo escucho a lo lejos, la voz de Edwin saludando a alguien, lo observaba mientras se acercaba a mi lentamente, traía un pantalón azul, una camisa a rayas roja y  una gorra negra, el parque estaba lleno de vendedores ambulantes y ya empezaban a caer la “chicas” a trabajar.

  • EDWIN: ¿Entonces qué Carlitos? qué bueno que vino, mijo. Disculpe la insistencia de que  

         nos  veamos personalmente, usted sabrá entender que las cosas importantes no se hacen esperar

  • CARLITOS: seguro Edwin. ¿Qué pasó?
  • E: – Resulta que ayer no pudimos terminar la vuelta esa, no llegamos a entrar en el momento y hora precisa, se nos adelantaron los tombos. Ya no hay más negocio, acabaron con todo man.
  • C: ¿Pero cómo asi que no se pudo? ¿cómo asi que no hay más negocio?.. Qué le vamos a decir a los de arriba Edwin, si esa mercancía no llega nos metemos en un problema hermano.
  • E:-Carlos, cálmate hombre te cuento. Ya no hay de qué preocuparse por los de “arriba”,  mejor dicho tendríamos que preocuparnos por nosotros y  pensar en un oficio nuevo. Escúchame lo que te voy a contar.

Eran las cuatro de la mañana cuando llegamos al Bronx, algo me olía mal, y no era precisamente la pasta base, ni el olor a la sangre seca pegada a los escalones de la sala de torturas, ni los excrementos de perros encerrados, a los que alimentaban con la carne de las víctimas.

 Pero era  un olor conocido, como de “águila negra” 2.

     Resulta que llegamos en la camioneta de Carla, los muchachos nos estaban esperando en una de las fritanguerías de la quinta, pensábamos que sería sencillo y rápido como siempre. Ir donde Don Pedro, que nos entregue las cajas y salir, pero no hermano todo lo contrario, cuando entramos a la casa, estaba lleno de gente esperando sus dosis, nosotros no queríamos quedarnos mucho, total ya teníamos con los muchachos lo que necesitábamos para ese fin de semana, fuimos más bien de ida por salida. Entramos a la habitación de Pedro, nos invitó un cigarrillo mientras le traían las cajas con la mercancía, cuando escuchamos un par de tiros y gente gritando, algo normal pensé, pero de pronto, todo el mundo empezó a correr. ¡Nos llegaron, nos llegaron!- gritaban.- En la casa de Pedro hay un par de pasadizos secretos por donde salimos cada vez que la policía allanó el lugar, salimos corriendo por los pasillos oscuros y largos, con un olor a una humedad terrible, saliendo a la avenida caracas nos dimos cuenta que no era un  allanamiento más, nunca vi tantos policías juntos, según eso fueron más de 2.000 policías de distintas unidades, con la colaboración por supuesto del Ejército Nacional. Por primera vez, desde que se creó esta olla en los noventa, lo uniformados no pisan su suelo, usted sabe que estos lugares son tierra de nadie, lo más parecido al infierno que vi, acá se desliza la vida entre el humo del bazuco y la miseria.

  • C: No jodas, ¿Cómo así y ustedes qué hicieron, cómo salieron de ahí, y Carla? ¿Está bien? dígame Edwin que no le pasó nada a Carla. Y qué van hacer los muchachos ahora, si allá no llegaba la Policía a joder nunca. Uno estaba más seguro en el Bronx que afuera.                      
  • E: Tranquilo, tranquilo, Carla está bien. Esos hijueputas llevaban cuatro meses preparándose, marica. Entraron con escudos y armamentos, bloquearon las vías de acceso de las cinco cuadras, cuando salimos las balas nos rociaban, al que no agarraban lo mataban, y al que no mataban lo agarraban y se lo llevaban, vaya a saber a dónde, a los niños y a las mujeres se las montaron en el camión, no se podía ver con los gases lacrimógenos, la gente tiraba botellas, se echaban la bendición y se daban bala con los tombos de igual a igual, ¡Al PISO, AL PISO! Se escuchaba decir a esos policías hijueputas.

Nosotros nos salvamos de chiripa, nos montamos en una carretilla con otros más escondidos con cartones, no podíamos llegar al carro, todo muy paila, mucha sangre. Ese parche se calentó seriamente, sacaron todo el mercado, usted sabe, la  llamada “limpieza social”. A estas  alturas el jefe debe de estar saliendo del país, no se preocupe por eso que yo lo arreglo.

  •  C: Este negocio es así Edwin, usted lo sabe, pero es el que nos tocó y se seguirá haciendo, ahora tendremos que pensar a qué vamos a dedicarnos. El tráfico de órganos no estaría siendo el negocio en este momento.
El Espectador.

Basura, desorden, promiscuidad, rozamientos; ruinas, barracones, barro, inmundicia;
humores, excrementos, orina, pus, secreciones, rezumaderos, todo eso contra lo cual la vida urbana nos parece ser la defensa organizada,
todo eso que nosotros odiamos,
todo eso de lo que nos protegemos a tan alto precio,
todos esos subproductos de la cohabitación aquí no alcanzan jamás un límite.
Más bien forman el medio natural que la ciudad necesita para prosperar. La calle, sendero o callejón, proporciona a cada individuo un hogar donde se sienta, duerme y junta esa basura viscosa que es su comida.
Lejos de repugnar, adquiere una especie de estatus doméstico por el solo hecho de haber sido exudada, excretada, pateada y manoseada por tanta gente.
Tristes Trópicos (Lévi Strauss, 2006 a: 15)

El Espectador.

Historias cortas de andenes largos” es un espacio Heterotópico que narra ficciones a partir de  hechos reales para invitar a la reflexión de algunas realidades que desbordan nuestro imaginario, en este caso nos centramos en los hechos ocurridos en la madrugada del sábado 28 de mayo del 2016, en El Bronx,  principal centro de distribución y consumo de drogas de la capital de Colombia, Bogotá. Donde un enorme operativo policial, con más de 2.000 efectivos, sacó a toda la gente que vivía o consumía allí, los invitamos a profundizar en trabajos como “Un lugar llamado el cartucho” de la Antropóloga  Ingrid  Morrisquien desarrolla una larga investigación con “habitantes de la calle”y donde podemos indagar más sobre la mal llamada  “Limpieza social”.

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